«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad». 2 Timoteo 2:15 (RVR1960)
Entre los siglos II y V d. C., durante los primeros siglos de la Iglesia, surgió un debate importante sobre cómo interpretar las Escrituras. Dos centros de enseñanza representaron enfoques distintos: Alejandría, en Egipto, que desarrolló ampliamente la interpretación alegórica, y Antioquía, en Siria, que destacó la importancia del contexto histórico y del sentido del texto. Aunque sus diferencias fueron más complejas que esta distinción, el debate nos recuerda un peligro permanente: atribuirle a Dios ideas que Él no expresó en su Palabra.
En Alejandría destacó Orígenes (c. 185-253/254), quien buscaba sentidos espirituales más allá del significado literal. En Antioquía, durante los siglos IV y V, maestros como Juan Crisóstomo (c. 347-407) sobresalieron por su exposición de las Escrituras, atendiendo al contexto y al sentido del pasaje. No debemos caricaturizar ninguna de las dos escuelas, pero sí reconocer la pregunta fundamental que su debate dejó a la Iglesia: ¿hasta dónde podemos interpretar sin abandonar lo que Dios realmente dijo?
Pensemos en David frente a Goliat. Alguien podría afirmar que las cinco piedras que escogió representan cinco áreas de nuestra vida que debemos conquistar. Suena creativo, quizá hasta inspirador, pero ¿dónde dice eso el texto? La narración presenta a un joven que confía en el Señor y enfrenta al enemigo reconociendo que la batalla pertenece a Dios. Convertir cada detalle en un símbolo de nuestras luchas personales puede desplazar el mensaje que el Espíritu Santo quiso comunicar mediante las Escrituras.
El problema no es reconocer figuras, símbolos o verdades espirituales. La Biblia misma los utiliza y explica. El problema comienza cuando imponemos significados que el contexto no sostiene y después los predicamos con la misma autoridad que la Palabra de Dios. Entonces dejamos de exponer las Escrituras para utilizarlas como vehículo de nuestras propias ideas.
La interpretación fiel comienza con una pregunta fundamental: ¿qué quiso comunicar Dios por medio del autor inspirado a sus primeros destinatarios? Para responderla debemos examinar el contexto, el género literario, las palabras y el desarrollo del pasaje dentro del conjunto de la revelación bíblica. Solo después podremos establecer cómo esa verdad se aplica a nuestra vida. La aplicación no pierde fuerza por respetar el sentido original; adquiere fundamento y autoridad.
Cristo es el centro de las Escrituras, pero reconocerlo no significa inventar alegorías en cada detalle. Significa comprender cómo la revelación bíblica conduce al cumplimiento del propósito redentor de Dios en Jesucristo. La verdadera predicación no busca impresionar con significados secretos, sino exponer la verdad que Dios ha revelado.
La pregunta, por tanto, no es cuánto podemos encontrar en un pasaje, sino cuánto estamos dispuestos a someternos a lo que realmente dice. Cuando el intérprete impone su imaginación, la voz humana ocupa el púlpito; cuando se somete a la Palabra, la Escritura gobierna el mensaje. La fidelidad comienza cuando dejamos de poner nuestras palabras en la boca de Dios.
«Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad». Juan 17:17 (RVR1960)


